jueves, 25 de febrero de 2010

"El sexo sin deseo"

El tema del deseo sexual es una cuestión que preocupa pero no ocupa a la gran mayoría. Aunque no sea un tema menor, la falta de deseo se ha vuelto el común denominador en muchas parejas que luchan día a día contra esa fuerza contraria que los lleva a la abstinencia sexual.

“No tengo sexo porque perdí el deseo sexual, temo estar padeciendo una enfermedad sexual, o que se haya terminado el amor. Sin pasión no puedo sentir, por lo que evito el sexo para no frustrarme. Cuando me doy cuenta que no me gratifica me distancio o sino pongo distancia con mi pareja, la que se percata inmediatamente y me pregunta sí hay otra mujer”

“De alguna manera simulo que siento, pero es difícil para mí aceptar la intimidad cuando no es placentera. Algo esta sucediendo y no sé a qué echarle la culpa: no sé si es falta de algo o que me ha dejado de gustar. No sé sí es que ya me he aburrido y entré en la rutina o perdí la pasión”

¿Puedo curarme o debo resignarme a que mi sexualidad se acabó? ¿Debo cambiar de pareja o puedo resolver algo con la actual? ¿Tenemos posibilidades de volver a erotizarnos o somos un caso perdido? ¿Estaré cursando una disfunción sexual o es todo causa de mi cabeza que está confundida?

Algunas preguntas suelen ser conocidas respecto a la pérdida de deseo, otras quedan internalizadas y no hay un dique donde expresarlas. En algunos casos se huye de la respuesta por temor, entonces no se consulta. Otros evaden la causa clínica y esperan hasta que ya no haya manera de revertir la situación.

Algunas parejas se resignan y siguen absteniéndose del sexo porque igual todo sigue como si nada sucediese. Ambos consensúan que la relación será sin sexo y pasan un tiempo eterno de esta forma, negando con tal de perpetuar la familia. Esto los lleva a la renuncia de una sexualidad que tiene derecho de tener y gozar ampliamente.

Otras parejas se flagelan de esta manera: uno castiga al otro con la excusa de que se perdió el deseo y consiguen el dominio y control. Es que quien se siente herido en la autoestima hace lo imposible por recuperar y motivar el deseo de su compañero.

Otras parejas sienten que algo malo les sucedió y no podrán enfrentarlo. Temen decirle al compañero que algo se fracturó y que las relaciones sexuales ya no son placenteras. Así, intentan no insumirlos en la tristeza o en la preocupación. Tienen sexo sin placer por no dañar la susceptibilidad del otro, pero se convierte en un sacrificio.

Algunas situaciones complejas reflejan la falta de deseo. La llegada de un hijo, los conflictos de pareja, la falta de comunicación, la expresión clara de aquello que disgusta o aquello que gusta y que no se puede nombrar, la llegada de la menopausia con sus cambios hormonales o la fatal pérdida del amor, la rutina sexual, la falta de tiempo y continuidad en el acto…

Lo cierto es que las parejas cada vez más tienen sexo sin deseo o dejan de tener sexo por no tener deseo.


El otorgar y dar permiso a la variedad, el imponerse un tiempo válido para el disfrute y no tener relaciones para cumplir sin tiempo o en forma acelerada, la improvisación en vez de planificar el momento son elementos que vuelven diferente el encuentro y provocan salir de la monotonía y buscar condiciones para que la pareja se reeduque,

La falta de atención en el problema los circunscribe a un ámbito de no salida y de dinamitar la relación, corriendo riesgos que podrían encauzarse sin dejar rastros.

La falta de deseo en algunos casos facilita otras disfunciones sexuales como ser impotencia o la pérdida de erección (porque no hay deseo o este se obstruye) y el temor por el fracaso real lleva a volver a tener problemas una y otra vez hasta que se vuelve crónico el inconveniente.

En la mujer, la falta de deseo lleva a la anorgasmia ya que tienen relaciones sexuales para no oponerse. Pero al no tener deseo se les dificulta el orgasmo, no pueden llegar a un punto de excitación que las acerque al clímax, o fabrican el conocido vaginismo, cerrándose para la penetración. Esto implica también un trauma en el varón que las acompaña y un sentimiento de desaprobación, o de disgusto.

El varón muchas veces duda acerca de su función sexual y entra en una especie de inseguridad sobre su virilidad. Así, entra en una persecución que lo acerca a la decisión de que la salida es la abstinencia. La preocupación permanente la expresa a través de disfunciones que hablan del problema.


En sí, todas las disfunciones pueden ocasionar problemas psicológicos posteriores como pérdida de la autoestima, inseguridad, rechazo, dolor y angustia.


Es necesario pedir ayuda inmediatamente cuando se suscita la preocupación, para terminar con fantasmas que complicarán el diagnóstico. El sexo sin deseo no es una solución, es tapar el problema que en algún momento explotará sin dejar sobrevivientes.

No es una debilidad ocuparse del problema, ni merece ser entendido como la demostración de inseguridad sexual. Tampoco hay que declararse homosexual, ni nada por el estilo.

Lo que hay que tratar es dilucidar aquello que en ese momento, por el motivo que sea, está empezando a emitir señales de alerta. La prevención favorecerá a la solución del problema, además de la evitación de respuestas irreales o que favorezcan la ruptura de la pareja.

En la actualidad se tiene sexo sin deseo sólo para evitar quedar etiquetado, y lo que debiera vivirse con placer se vive como un calvario. Como no se disfruta cada vez más, en vez de ser una ocupación es una preocupación: se intentan buscar excusas que salven la situación y el problema se sobredimensiona.


Buscar una explicación coherente ayuda en todas las áreas, además de ser necesario para preservar la pareja, que no siempre esta alejada del tema en cuestión: ambos interactúan en la disfunción sexual la mayoría de las veces.

Fuente: infobae